024: Sobre tejer bufandas
O, más bien, sobre el ejercicio de pensar, analizar y desarrollar un pensamiento crítico.
“Con repelús no vas a cambiar el mundo. Has de mancharte las manos. Y echarle un poco de agallas. Ahora vuelve a probar.”
— Margaret Atwood, Los testamentos.
Estos días estoy terriblemente conflictuada, con ganas de hablar de algo, pero sin saber cómo me siento al respecto. Tengo demasiadas ideas en la cabeza que no logro hilar en una sola y, por momentos, me sacuden como si se tratara de millones de pensamientos inconexos. Pero la realidad es que sé que, en alguna parte de mi cabeza, esa conexión está, y de eso quiero intentar hablar.
Hace frío. Realmente mucho. Así que, otro año más intentando tejer ropa de invierno, me encontré frente a la sugerencia de una amiga y de todas las girlies de internet, diciéndome que debía consumir Off Campus. Encontré los audiolibros y me senté a crear una hermosa bufanda escuchándolos, al lado de mi chimenea.
Debo agradecerme a mí misma la decisión de hacerlo con auriculares, porque la cantidad de gemidos y sonidos sexuales que hay en esos libros hubiese despertado a mi abuela muerta. Cansada de escuchar estas novelas con cero desarrollo de personajes ni de historia, que no voy a negar que disfruté hasta cierto punto, decidí reemplazarlas por la nueva adaptación de Los testamentos, de Margaret Atwood, que, para mi no sorpresa, es excelente.
Como ser humano que puede perderse horas en el scroll, recurrí a todas las redes que se te ocurran para ver opiniones de otros sobre estos dos consumos culturales que tuve en el lapso de una semana. Y, para mi decepción, el trato hacia estas historias era exactamente el mismo.
La cantidad de edits que encontré con ships de los personajes de Los testamentos fue la misma que encontré de Off Campus. El discurso giraba alrededor de la estética, de qué linda es la ropa en Gilead, de si Agnes debería terminar en pareja con Beka o con Garth. Nadie se preguntaba qué clase de ciudadanía permite que un proyecto autoritario se vuelva imaginable; nadie cuestionaba las premisas de los discursos políticos, donde el odio hacia las mujeres y las minorías es cada vez más fuerte. Solo importaba qué chica de Gilead soy según mi signo.
Atwood ha explicado que ninguna de las prácticas represivas que aparecen en El cuento de la criada fue inventada por ella. Todas existieron en algún momento de la historia. Por ejemplo, el robo de bebés fue tomado directamente de la dictadura cívico-militar que ocurrió en mi país. Ser conscientes de esa decisión desplaza la atención desde la fantasía hacia la realidad: no es posible negar el contenido social de la historia.
Leer a Atwood únicamente como una historia sobre mujeres fuertes o sobre villanos autoritarios es reducir una obra que intenta explicar el funcionamiento cotidiano del poder. No basta con emocionarse frente al sufrimiento de sus personajes; también debemos preguntarnos por las estructuras sociales, económicas y culturales que hacen posible ese sufrimiento.
En Against Interpretation, Susan Sontag cuestionaba una tradición crítica obsesionada con descifrar significados ocultos. Su preocupación respondía a una época en la que el arte parecía sofocado por interpretaciones excesivas. Estimado lector, en la actualidad hemos aprendido a consumir obras culturales con enorme intensidad emocional y con muy poca disposición a examinarlas críticamente. Hoy en día, el consumidor cultural se limita a reducir la obra a una experiencia privada.
Recuerdo, al inicio de este año, cuando se estrenó en cines la desastrosa adaptación de Cumbres borrascosas, la cantidad de influencers que se dedican a una pseudocrítica de cine y arte que justificaban esta película porque el arte “te tiene que hacer sentir” o porque “a mí esta película me hizo llorar”, “yo me identifiqué con esta película, por eso es buena”. Ya no se habla del mundo ni se lo analiza; se siente.
No me parece casual que este desplazamiento ocurra en una cultura organizada alrededor de la atención. El mercado cultural no necesita decirnos qué pensar; le basta con acostumbrarnos a abandonar cualquier idea que no produzca una gratificación instantánea. Dejamos un libro porque “no pasa nada”, cerramos un ensayo porque “es muy denso”. Hace unas semanas vi a una persona en esta misma plataforma negándose a consumir la obra de Atwood porque le parecía muy cruel. Si no me hace bien, lo ignoro.
Buscamos personajes con los cuales identificarnos, frases breves para compartir y certezas que nos permitan regresar rápidamente a nuestra rutina. Pensar resulta agotador porque implica convivir con contradicciones y aceptar preguntas cuya respuesta puede tardar años. Sentir, en cambio, ofrece una recompensa inmediata.
Estimado lector, no creo que haya una oposición entre razón y emoción. Las emociones forman parte del conocimiento humano. Lo que me cuestiono es la idea de convertirlas en el único criterio de verdad.
“La manifestación del viento del pensar no es el conocimiento; es la capacidad de distinguir el bien del mal, lo bello de lo feo.” - Arendt, Hannah
La emocionalidad me molesta especialmente en la actualidad del feminismo, o de cualquier ideología, pertenezca o no yo a ella. Ningún movimiento político puede sostenerse únicamente sobre emociones compartidas. La indignación puede iniciar una movilización, pero no alcanza para mantenerla. Toda transformación profunda necesita estudio, memoria histórica, organización y una disposición permanente a revisar sus propios supuestos.
No estoy segura de si es una cuestión de comodidad, cansancio o pereza, pero con frecuencia confundimos el compromiso político con la posibilidad de expresar una identidad. Nos definimos mediante etiquetas que ofrecen pertenencia inmediata, pero que no implican una práctica sostenida. Es mucho más sencillo escribir una palabra en la biografía de una red social que dedicar meses al simple acto de pensar.
Hannah Arendt, en La vida del espíritu, sostiene que pensar no garantiza que las personas actúen correctamente, pero sí interrumpe la aceptación irreflexiva de aquello que se presenta como normal. Pensar significa introducir una pausa entre el mundo y nuestra respuesta frente a él. Esa pausa, aparentemente insignificante, es uno de los fundamentos de cualquier sociedad democrática.
Disfrutar de la historia de amor de Off Campus no está mal; tampoco preocuparse por quién es el mejor personaje de Los testamentos. Pero la falta de cuestionamientos frente a ambos consumos, y su reducción a una mera identificación o a una estética a la que pertenecer, limita el movimiento de nuestras ideas. Disfrutamos hasta donde nuestra identidad nos lo permite, eliminamos el resto y nos volvemos agentes pasivos bajo una etiqueta que nos identifica, pero no nos define.
Recuerdo que hace unas semanas, investigando música para intentar entender qué andan escuchando algunos de mis alumnos y, especialmente, qué escucha mi sobrina, me encontré frente a un debate sobre si una cantante pop del momento era punk porque usaba babydolls y comía tortas con la mano. Según Twitter, eso era súper punk. Sin embargo, personas que habían participado activamente en ese movimiento explicaban que el punk no es solo una estética donde tenés el maquillaje corrido y hacés fuck you con la mano, sino que implica una impronta política y unos valores culturales que se traducen en un estilo de vida y en una forma de pertenecer a un grupo social o a una ideología.
Así que por esa discusión, muchos jóvenes se sentían personalmente atacados por no ser considerados punk. No pienso hablar de si esta chica es punk o no; ya escribí bastante sobre la importancia de ese movimiento en mi vida y no viene al caso. Pero me interesa cómo cualquier cuestionamiento ideológico termina siendo interpretado como un cuestionamiento identitario. Parece que lo único que importa es que mi identidad sea validada por una palabra que encasille mi humanidad, mientras que todo aquello que compone una idea pasa a un segundo plano.
Es mucho más sencillo declarar una posición que sostener una práctica. Podemos describirnos como feministas, ambientalistas o defensoras de cualquier causa justa sin que esas palabras modifiquen demasiado nuestra relación cotidiana con el mundo. Si así actuamos con las cosas que sostenemos como verdaderas, imaginate, estimado lector, cómo interpretamos aquello que consumimos.
Hablamos con la misma intensidad de un libro que de una ideología política, sin darnos tiempo a pensar qué exige realmente el objeto del que hablamos. Consumimos contenido sobre igualdad con la misma velocidad con la que consumimos recomendaciones de rutinas de ejercicio o consejos sobre cómo arreglar un auto. Todo ocupa el mismo espacio en nuestro cerebro y le negamos la oportunidad de ser cuestionado.
La violencia contra las mujeres no desaparece porque en mi bolso tenga un pin que diga que soy feminista. La desigualdad económica no disminuye porque una campaña se vuelva viral. Los derechos reproductivos no se sostienen únicamente mediante una identidad compartida. Todos ellos requieren instituciones, organización, conocimiento histórico y una ciudadanía capaz de reconocer cuándo determinadas ideas comienzan a presentarse como inevitables. Todo requiere un momento de análisis y de pensamiento.
Cuando nuestra vida intelectual se reduce al consumo privado; cuando la política se convierte en una identidad antes que en una práctica; cuando confundimos el cuidado de nosotras mismas con la renuncia permanente a enfrentarnos al mundo, nos volvemos agentes pasivos de aquello a lo que nos oponemos. Hacemos ruido para quejarnos, pero no somos capaces de pensar cómo funciona aquello que criticamos.
El consumo sin análisis cae en la nada, y la individualidad política conduce a la tibieza frente a situaciones de injusticia. Reducir el arte y las ideologías a si me conmueven o no, elimina la posibilidad de trascendencia y de cambio futuro.
No creo que la respuesta consista en abandonar el placer, la ficción o el entretenimiento. Tampoco en vivir bajo un estado permanente de vigilancia política. Estimado lector, me gustaría recuperar una vida intelectual capaz de alternar entre el descanso y el compromiso, entre la intimidad y la historia, entre el consuelo y la incomodidad.
Recuperar el hábito de pensar. Leer no únicamente para reconocernos. Leer y no entender inmediatamente lo que leemos. Discutir incluso cuando resulta incómodo. Estudiar aunque no produzca una recompensa inmediata. Comprender que ninguna identidad política, por sí sola, sustituye el trabajo lento y cotidiano de construir una ciudadanía crítica.
Ningún movimiento emancipador nació de personas que únicamente consumían las ideas con las que ya estaban de acuerdo. Nació de mujeres y hombres dispuestos a dejarse transformar por aquello que leían, a revisar sus propias convicciones y a aceptar que comprender el mundo también implica asumir una responsabilidad frente a él.
No necesitamos dejar de leer Off Campus, ni de shipear a Agnes con Beka. Necesitamos recordar que ninguna novela, ninguna serie, ninguna consigna compartida en una red social puede reemplazar la experiencia, mucho más difícil, de vivir en el mundo y pensar con él.
Cuatrodenero es gratis, pero si querés que siga existiendo y no tenga que vender mi alma por un café, podés dejarme algo acá.
Receta:
No cociné nada este mes. Vivo a base de comida congelada, pido perdón.
Playlist:
Referencia:
Arendt, H. (1978). The life of the mind (Vols. 1–2). Harcourt Brace Jovanovich.
Atwood, M. (1985). The handmaid’s tale. McClelland & Stewart.
Atwood, M. (2019). The testaments. Nan A. Talese/Doubleday.
Fraser, N. (2013). Fortunes of feminism: From state-managed capitalism to neoliberal crisis. Verso.
Hooks, b. (1994). Teaching to transgress: Education as the practice of freedom. Routledge.
Sontag, S. (1966). Against interpretation and other essays. Farrar, Straus and Giroux.








Qué importante es hacernos cargo de nuestra responsabilidad en el mundo que habitamos y nuestra forma de hacerlo.
Odio cuando todas las conclusiones que salen de alguna serie o película parecen hechas por adolescentes hormonales.
Me encantó, súper necesario todo lo que mencionas.
Me ha interesado mucho este artículo. Y al mismo tiempo me inquieta el uso del termino consumir como relación de la persona con la obra de arte o la cultura. Intuyo que es deliberado, porque aparece en muchas ocasiones a lo largo del texto. Se consume una obra (libro, podcast, escultura, etc ). Cuando hablas de consumo, no está implícita la idea de una relación con la obra en la que la experiencia queda reducida a una gratificación privada, a una confirmación de la identidad y a una reacción emocional inmediata? No es eso el consumo?